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Un despertar urbano más

Desperté abatido, permanecía inmóvil pese a estar ya consciente. No recordaba la última vez que había estado tan quieto, mi cuerpo pesaba tanto, daba la sensación de que mi cama fuera a hundirse, mi cabeza era el centro gravitatorio del dormitorio, un bloque sólido y blanco, impasible en mitad de la almohada, cuyas venas eran marcadas como los caminos que se forman en el mármol.

 

Me encantan las estancias de mármol bien pulidas, tan frescas en verano, con ese eco que agranda las palabras de uno y remarca la soledad al estar flotando en el aire la voz propia únicamente, tan clara y magnífica que parece un espíritu. Pero cómo cambian las estancias de mármol cuando no se está dentro y ese alguien también habla: lo que antes eran sonidos claros, definidos, solitarios como espíritus que nacen al salir de la boca y se desvanecen en el acto, ahora con la presencia de otro emisor se convertía en un caos inarmónico de frases entrecruzadas.

 

Exactamente así era aquella mañana, el dormitorio era una reverberación de mí mismo dentro del bloque de mi cabeza; no tenía cuerpo, éste flotaba alrededor del bloque con leves cosquillas producto de la quietud, sabía que en el momento en que cediera a ellos y moviera ligeramente una falange el equilibrio orbital desaparecería y cabeza y cuerpo volverían a ser sólo uno.

 

No tardó mucho, como era de esperar, en reinar de nuevo la común humanidad que al fin  y al cabo me caracterizaba y que llevó a la destrucción de aquel doméstico sistema solar en el momento en que tuve que abandonarme a mi necesidad de respirar. Una súbita aspiración agitó mi torso y mi cráneo, liberando al movimiento de mis extremidades con ello. 

 

Al ceder a mi necesidad de respirar centré gran parte de mi atención en descifrar cada instante de esa decisión que me haría continuar viviendo, así pues, fui consciente de cada uno de los milímetros que se desplazaba mi caja torácica al expandirse, el aire que entraba en mis pulmones me causaba una extraña sensación, lo notaba como una suerte de antídoto gaseoso que curó un veneno latente desde los orígenes; mi capacidad pulmonar parecía infinita, lenta, como la consciencia de una planta. Me daba la sensación incluso de que podía escuchar los sonidos que producían las mucosas que afectaban a la zona encargada de este trabajo de supervivencia corporal.

 

De pronto cesó, noté ese característico tope, la aspiración se detuvo y yo con ella, ahora llegaba nada menos que la que iba a ser mi segunda resignación a vivir y sentir de nuevo mi cuerpo íntegramente. Qué gráfica es la imagen de los pulmones deshinchándose para exponeros, amigos míos, lo que sentí en ese momento cósmico.

 

Decidme, ¿Por qué he de respirar? ¿Por qué esta necesidad tan perpetua e inevitable? Quisiera vivir sin más, pero estoy forzado a tal cantidad de acciones sólo para preservar el funcionamiento de mi cuerpo, y nada, no hay nada que hacer contra ello, depende de mi propia carne, soy esclavo de ella, o peor que esclavo, soy la negación ontológica de ella y a la vez nuestra mutua dependencia nos ata, ¿Se os ocurre peor destino que este, el del ser humano? Explicadme, ¿Cómo es posible la vanidad en estas condiciones? Pues lo es, es posible y ya os hablaré de ello más adelante, pero ahora esperad un momento, esperad, no me metáis prisa, por favor, que tengo que abrir los ojos.

 

La luz es moderada, ilumina levemente la parte superior de los muebles dejando la inferior a la imaginación. Las luces del exterior, neones de todos los colores, dan una atmósfera psicodélica a la habitación. Parpadeo por vez primera desde mi despertar, el atronador sonido interno que producen al chocarse ambos párpados marcará el ritmo procesionario con que se desperezará el resto de mi cuerpo: un, dos, tres, un, dos, tres,... 

 

Como si mis ojos y oídos conformaran una simbiosis perfecta, no empecé a escuchar los sonidos que me rodeaban hasta que permití la visión a mi cuerpo, y como invadiéndolo nota a nota, éstas comenzaron a llegar, uno a uno, como si la realidad no quisiera incomodarme tan temprano. Primero ese pitido característico de los aparatos electrónicos, incluyendo el quejido de alguien afectado por un pequeño calambre; luego las respiraciones de aquellos que seguían dormidos, respiraciones profundas; tercero los roces de los habitantes de la casa, sus pasos, una voz que replica otra voz... 

 

Y de pronto, el ruido del despertador.

 

Que rompe todo mi aletargamiento y análisis. Que me acelera. Me tengo que levantar, desayunar, acicalar, vestir, preparar cosas, envolver almuerzo, cerrar la puerta, esperar impacientemente el ascensor, el metro, a esa señora que no me deja pasar, otro metro, no hay sitio donde sentarse, un tropiezo, otro lento ascensor, llego tarde o casi, corro, cruzo la puerta, otra puerta, otra puerta, saludo a uno, a otro, a otro, a una chica, a otra, a otra, llego al cubículo, me siento.

 

FIN

 

 

 

 

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