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Subjetivismo musical

Quizá lo que más me impacta de la música es su grandísima capacidad de subjetivación. Ahora mismo estoy escribiendo en un parque infantil este texto y llevo los auriculares puestos. Antes de ponerme a escribir decidí pararme a observar el panorama con diversas canciones, y era un cambio radical de atmósfera a cada melodía. Un mismo espacio y millones de maneras distintas de verlo, una por cada melodía. En cuestión de instantes se puede pasar de ver un objeto como la mayor prueba de la degradación humana a verlo como la octava maravilla del mundo.

 

Ejemplos:

 

Primer ejemplo: Un banco en el que una niña llora por haberse caído minutos antes, lloro absurdo porque nada va a cambiar por su llanto, símbolo absoluto, totémico, del conjunto de mis frustraciones, así es como vivía la visión de la cría al escuchar “faith” de Parov Stelar.

 

Segundo ejemplo: Terminó la canción y ahora suena “Baby” de Bakermat, que me hace sentir el parque como una inmensa vorágine de alegría inocente, juego por el juego, que pese a dejar clara desde un principio su fugacidad, ésta no asume el fin del juego con melancolía sino con sonriente jovialidad que se cree, paradójicamente, eterna pese a conocer lo efímero de su naturaleza. Es como si el ser adulto dejara por esos minutos de existir y de nuevo uno sintiera la frescura del corretear del niño, como si perseguir a otro crío jugando al pilla-pilla hubiera de tomarse más en serio que la declaración de la renta.

 

Tercer ejemplo: Por último cito “Me queda todo bien” de Ojete Calor. Mientras suena, imagino un conflicto pasivo-agresivo entre las madres del parque, todo lleno de simulación y malicia, siendo el emplazamiento infantil un campo de batalla plagado de Eterno Femenino, haciendo de los hijos objetos comparativos para la artillería pesada de la vanidad. Cada vez que una se agita el pelo veo el gesto como a cámara lenta y en mi mente aparecen planos detalle de esas sonrisas, esas risas, y esas patas de gallo marcadas por la inclinación exagerada de las cejas; escucho en mi cabeza cómo traquetean las uñas con manicura nueva de otra al tiempo que ésta espera que una tercera calle para así poder exponer ella su anécdota dramática con el peluquero. 

 

Y esas son sólo tres canciones...

 Imagen: fotograma de Demon Dance, de Parov Stelar.

 

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